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Morris, William. "Art and Socialism." 1884.
"Arte y Socialismo." Traducción por Juan Ignacio Guijarro González. William Morris: Escritos sobre Arte, Diseño y Politica. Sevilla: Doble J, 2005. 121-143.

         [El tema de esta conferencia en la Leicester Secular Society es la alienación del trabajador en la sociedad industrial o, para expresarlo con las palabras de Morris, en el sistema competitivo comercialista. Este texto puede ser considerado un repaso general de su pensamiento, ahora y ya claramente desde la perspectiva marxista. Morris aún se dirigía aquí a las clases medias, a la gente de su condición, en un intento de presentarles el socialismo como un sistema de pensamiento viable y como la solución más adecuada y necesaria a los males de la época, incluso desde el punto de vista de las clases relativamente acomodadas (n. de la intr.)]

         Amigos míos: quiero que consideren la relación entre el arte y el comercio, usando esta última palabra para indicar lo que general-mente significa, es decir, ese sistema de competencia en el mercado que en verdad es la única forma que hoy día la mayoría de la gente supone que puede adoptar el comercio.

         Pues mientras ha habido épocas en la historia del mundo en que el arte mantenía una supremacía sobre el comercio, en que el arte era mucho y el comercio--tal como entendemos la palabra--poco, así ahora, por el contrario, todos han de admitir que, supongo, el comercio ha adquirido gran importancia y el arte muy poca.

         Afirmo que en general esto se admitirá, mas distinta gente tendrá distintas opiniones no sólo sobre si esto es bueno o malo, sino incluso sobre lo que implica el que digamos que el comercio ha adquirido gran importancia y que el arte se ha hundido para convertirse en una cuestión sin-importancia.

         Permítanme que les dé mi opinión acerca de lo que significa, lo cual me llevará a pedirles que consideren qué remedios deberían aplicarse para curar los males que existen en las relaciones entre el arte y el comercio.

         [p. 122] Si les hablo con franqueza, me parece que la supremacía del comercio (tal como entendemos la palabra) es un mal y bastante grave; debe-ría llamarlo un mal puro, si no fuera por la extraña continuidad de la vida que fluye por todos los hechos históricos y mediante la cual los males de tal o cual período tienden a anularse por sí mismos.

         Pues, en mi opinión, esto es lo que significa: que el mundo de la civilización moderna, en su prisa por obtener una prosperidad material desigualmente repartida, ha suprimido por completo el arte popular o, en otras palabras, que la mayoría de la gente no participa del arte, el cual--tal como están ahora las cosas--ha de conservarse en manos de unos cuantos ricos o de gente bien, que podríamos decir que lo necesitan menos y no más que los sufridos trabajadores.

         Pero no es ese todo el mal ni el peor, pues la causa de este hambre de arte es que, mientras en todo el mundo civilizado la gente trabaja tan denodadamente como lo ha hecho siempre, ha perdido--al perder un arte que se hacía por y para el pueblo--el solaz natural de ese trabajo, un solaz que una vez tuvo y que debería tener siempre: la oportunidad de expresar sus propios pensamientos a sus semejantes mediante dicho trabajo, mediante ese trabajo diario que la naturaleza o el hábito prolongado (una segunda naturaleza) le exige de hecho, pero sin que ello implique que deba ser una carga repugnante y sin recompensa.

         Mas debido a una ceguera extraña, a un error de la civilización en los últimos tiempos, el trabajo del mundo, casi todo él--el trabajo que de haberse compartido habría sido el útil compañero de todos los hombres--se ha convertido en una carga tal que todos los hombres, si pudieran, se librarían de él. He dicho que la gente trabaja no menos denodadamente de lo que antes lo hacía, mas debería haber dicho que trabaja más denodadamente.

         Las maravillosas máquinas que en manos de hombres justos y previsores habrían sido usadas para reducir el trabajo repugnante y para proporcionar placer (o, en otras palabras, aumentar la vida) a la raza humana se han usado, por el contrario, de forma que han llevado a todos los hombres a una precipitación y una prisa frenéticas, destrozando de esa forma el placer, es decir, la vida, en todos lados; en vez de aliviar la tarea de los trabajadores, la han incrementado y de ese modo han añadido más cansancio aún al peso que los pobres tienen que sobrellevar.

         [p. 123] No se puede alegar por parte del sistema de la civilización moderna que sus meros beneficios materiales o corporales compensan la pérdida de placer que le ha causado al mundo, pues, como antes dejé entrever, esos beneficios se han repartido de una forma tan injusta que el contraste entre ricos y pobres se ha incrementado terrible-mente, de modo que en todos los países civilizados--pero sobre todo en Inglaterra--se exhibe el terrible espectáculo de dos pueblos que viven en calles y en puertas contiguas, pueblos de la misma sangre, la misma lengua y (al menos nominalmente) las mismas leyes, mas uno es civilizado y el otro incivilizado.

         Todo esto, afirmo, es resultado del sistema que ha pisoteado al arte y ha ensalzado al comercio como a una religión sagrada e incluso parece dispuesto--con esa estupidez horrible que constituye su principal característica--a mofarse del autor satírico romano al invertir el sentido de su noble consejo y pedirnos a todos que «en atención a la vida destruyamos las razones para vivir.»

         Y ahora, frente a esta tiranía estúpida, planteo una reivindicación en nombre del trabajo esclavizado por el comercio que sé que nadie en sus cabales podrá negar resulta razonable, aunque de llevarse a la práctica supondría un cambio tal que derrotaría al comercio, es decir, impondría la asociación en vez de la competición, el orden social en vez de la anarquía individualista.

         Con todo, he tenido en cuenta esta reivindicación a la luz de la historia y de mi propia conciencia y al así hacerlo me parece una reivindicación de lo más justa y resistirse a ella no implica sino negar la esperanza de-la civilización.

         Esta es entonces la reivindicación: Es justo y necesario que todos los hombres realicen un trabajo que merezca la pena y que en sí mismo resulte agradable de hacer y que se realice en unas condiciones tales que no lo hagan ni agotador en exceso ni angustioso en exceso.

         Por mucho que piense en esta reivindicación, por más que me la plantee, no me llega a parecer que resulte una reivindicación exorbitante; mas de nuevo afirmo que si la sociedad la admitiera o pudiera hacerlo, cambiaría la faz del mundo, se pondría fin al descontento, la lucha y la falta de honradez. ¡Sentir que estábamos haciendo un trabajo que a otros les resulte útil y a nosotros agradable y que dicho trabajo y su recompensa debida no se nos podían acabar! ¿Qué grave [p. 124] daño podía ocurrirnos entonces? Y el precio a pagar por hacer el mundo feliz de esa manera es la revolución: socialismo en vez de laissez-faire.

         ¿Cómo podemos los de clase media ayudar a que acontezca tal realidad, una realidad que en la medida de lo posible sea la opuesta a la realidad actual?

         La opuesta, nada menos que eso. Pues en primer lugar, el trabajo debe merecer la pena: ¡Piensen qué cambio implicaría esto en el mundo! Les digo que me aturde pensar en lo ingente que resulta el trabajo que se realiza para hacer cosas inútiles.

         A cualquiera de nosotros que sea lo bastante fuerte le supondría un día de trabajo instructivo pasearse por dos o tres de las principales calles de Londres un día laborable y anotar cuidadosamente todo lo que hay en los escaparates que sea embarazoso o superfluo para la vida diaria de un hombre recto. Mas aún, la mayoría de esas cosas nadie--sea recto o no--las quiere en absoluto, sólo un hábito absurdo hace que hasta los más ágiles de mente de entre nosotros crean que las quieren y para mucha gente (incluso de quienes las compran) son claros estorbos para el trabajo, el pensamiento y el placer verdaderos. Mas les ruego que piensen en la cantidad enorme de hombres que se ocupan de este oropel patético: desde los ingenieros que han tenido que fabricar las máquinas para hacerlo hasta los desventurados oficinistas que año tras año se sientan todo el día en las horrendas guaridas donde se negocia al por mayor, los dependientes que (avergonzándose de sus almas) lo venden al por menor en medio de incontables insultos por los que no deben sentirse ofendidos, hasta el público ocioso que no lo quiere, pero lo compra para que le cause hastío y aburrimiento.

         Me refiero sólo a cosas simplemente inútiles, mas hay otras que no sólo resultan inútiles, sino altamente destructivas y venenosas y alcanzan un buen precio en el mercado, por ejemplo, la comida y la bebida adulterada. Vasto es el número de esclavos a los que el comercio competitivo emplea para producir infamias como estas. Mas además de ellos hay una ingente masa de trabajo que simplemente se desperdicia, muchos miles de hombres y mujeres que no hacen nada con un esfuerzo terrible e inhumano que debilita el alma y acorta la propia vida animal.

         [p. 125] Todos ellos son esclavos de lo que se denomina lujo, que, en el sentido moderno de la palabra, abarca mucha falsa riqueza (la invención del comercio competitivo) y esclaviza no sólo a gente pobre que se ve obligada a trabajar en su producción, sino también a gente insensata no demasiado feliz que la compra para atormentarse con este estorbo.

         Ahora bien, si vamos a tener arte popular o arte de cualquier clase, debemos de una vez por todas eliminar este lujo, que suplanta al arte y es una mala copia; tanto es así que quienes no conocen nada mejor han llegado incluso a tomarlo por arte, el solaz divino del trabajo humano, lo poético en la dura práctica diaria del difícil arte de vivir.

         Mas afirmo que el arte no puede vivir a su lado ni tampoco el res-peto a uno mismo en cualquier clase de vida. El afeminamiento y la brutalidad le hacen compañía a derecha e izquierda. De esto, antes que nada, debemos librarnos quienes somos de clase pudiente si en verdad deseamos el renacer del arte y si no, entonces la corrupción está cavando una terrible fosa de perdición para la sociedad, de la que puede que en efecto surja el renacer, mas seguramente en medio del terror, la violencia y la miseria.

         En efecto, si fuera posible que nosotros--la gente bien--nos libráramos de esta montaña de desperdicios, ello merecería la pena: cosas que todo el mundo sabe que no son de utilidad alguna, los propios capitalistas saben bien que no hay una demanda sana y real de ellas y se ven obligados a imponérselas al público alentando un extraño deseo febril de emociones nimias cuyo indicio externo se conoce con el nombre convencional de moda, un monstruo extraño nacido del vacío en la vida de los ricos y del afán del comercio competitivo por obtener el mayor rendimiento de la inmensa multitud de trabajado-res a los que engendra como instrumentos ignorados para lo que se denomina hacer dinero.

         No crean que es poca cosa resistirse a este monstruo de la locura; el que ustedes piensen por su cuenta en lo que de verdad desean no sólo les hará hombres y mujeres, sino puede que les lleve a pensar en los deseos respectivos de los demás pues, cuando ustedes lleguen a conocer una obra de arte, descubrirán que el trabajar como esclavos resulta indeseable.

         Además, aquí hay un pequeño indicio por medio del cual distinguir entre un jirón de moda y una obra de arte: si cuando los juguetes de [p. 126] la moda pierden su barniz obviamente pierden todo su valor incluso para los frívolos, una obra de arte--por muy humilde que sea--goza de larga vida, nunca nos cansamos de ella; en tanto quede con vida un sólo ápice de ella resulta valiosa e instructiva para cada nueva generación. En definitiva, todas las obras de arte tienen la propiedad de volverse venerables en medio del declive y hay una buena razón para ello, pues desde un primer momento había en ellas alma, el pensamiento del hombre, que será visible en ellas mientras siga existiendo el cuerpo en el que fueron implantadas.

         Y esta última frase me lleva a considerar el otro aspecto de la necesidad de que el trabajo sólo se ocupe de hacer objetos que merezca la pena hacer. Hasta ahora lo hemos planteado sólo desde el punto de vista de quien lo usa; incluso al verlo así resultaba bastante importante, pero desde el otro lado (el de quien lo produce) resulta mucho más importante todavía.

         Pues de nuevo digo que al comprar estas cosas...
         ¡Son vidas de hombres lo que ustedes compran!

         ¿Van ustedes a hacerse partícipes por mera locura e irreflexión de la culpa de quienes obligan a sus semejantes a trabajar inútilmente?

         Pues cuando he dicho que era necesario que todas las cosas que se hagan merezcan la pena hacerse planteé esa reivindicación principal-mente en nombre del trabajo, dado que el desperdicio de hacer cosas inútiles aflige al trabajador por partida doble. Como parte del público, se le obliga a comprarlas y se le saca la mayoría de su ínfimo sueldo mediante un sistema universal de trueques. Como uno de los productores, se le obliga a hacerlas y a perder así la base misma de ese placer en el trabajo diario que yo reivindico como un derecho suyo de nacimiento. Se le exige trabajar sin gozar fabricando el veneno que el sistema de trueque le exige comprar. Así que a esta inmensa masa de hombres a los que por locura y por avaricia se les exige que hagan cosas dañinas e inútiles se les sacrifica por la sociedad. Afirmo que esto sería terrible e insoportable incluso aunque se les sacrificara en aras de la sociedad, si ello fuese posible; pero se les sacrifica no por el bienestar de la sociedad, sino por sus caprichos, para incrementar su degradación. ¿Qué aspecto tienen entonces el lujo y la moda? Por un lado, el desperdicio ruinoso y agotador va de corrupción en corrupción hasta derivar al fin en un completo cinismo [p. 127] y en la desintegración de toda la sociedad; por otro lado, una opresión implacable que destruye todo placer y esperanza de vida y que va--¿adónde?

         He aquí entonces algo que los de clase media hemos de hacer antes de limpiar el terreno para el renacer del arte, antes de limpiar nuestras propias conciencias de la culpa de esclavizar a los hombres con el trabajo. Es una cosa y si nosotros pudiésemos hacerla quizás con esa cosa bastaría y todos los demás cambios vendrían después, ¿mas podemos hacerla? ¿Podemos escapar de la corrupción de la sociedad que nos amenaza? ¿Puede la clase media regenerarse a sí misma?

         A primera vista se diría que un grupo de gente tan poderosa, que ha erigido el gigantesco edificio del comercio moderno, cuya ciencia, inventiva y energía han sometido a las fuerzas de la naturaleza para que sirvan a sus propósitos cotidianos y que dirige la organización que mantiene subyugados a esos poderes naturales de forma casi milagrosa, a primera vista se diría con total seguridad que un grupo tan poderoso de hombres acaudalados podría hacer lo que se le antojara.

         Y sin embargo, lo dudo. Su propia creación, el comercio del que tan orgullosos están, se ha convertido en su patrón y todos los de la clase pudiente--algunos con un júbilo triunfante, algunos con una satisfacción pálida y otros con tristeza de corazón--nos vemos obligados a admitir que el comercio no fue hecho para el hombre, sino que el hombre fue hecho para el comercio.

         Por todos lados se nos fuerza a admitirlo. En la clase media inglesa de hoy día hay por ejemplo hombres con las mayores aspiraciones artísticas y con una voluntad férrea, hombres que están profundamente convencidos de la necesidad de que la civilización rodee de belleza la vida humana y muchos hombres de menor importancia (miles por lo que yo sé), refinados y cultos, les siguen y alaban sus opiniones, mas tanto los que lideran como los que son liderados son incapaces de salvar ni tan siquiera a media docena de personas normales de las garras del comercio inexorable; a pesar de su cultura y su genio están tan des-validos como si sólo fueran zapateros que trabajan en exceso. Menos afortunados que el rey Midas, nuestros verdes campos y claras aguas, mas aún, el mismo aire que respiramos, se han convertido, no en oro (lo cual nos habría complacido a algunos quizás durante una hora), sino en suciedad y, hablando claro, sabemos bastante bien que bajo el [p. 128] evangelio actual del capital no sólo no hay esperanza de mejorar, sino que las cosas empeoran año a año, día a día. Comamos y bebamos, que mañana moriremos--ahogados por la suciedad.

         O permítanme darles un ejemplo de la esclavitud del comercio competitivo en que vivimos la desventurada gente de clase media. Les he exhortado a que dejen a un lado el lujo, a que se despojen de estorbos inútiles, a que simplifiquen su vida y no creo que sean pocos los que en este punto coincidirán plenamente conmigo. Bien, duran-te mucho tiempo he pensado que una de las circunstancias más repugnantes que penden de nuestro actual sistema de clases es la relación entre nosotros, los de clase acomodada, y nuestros sirvientes. Nosotros y nuestros sirvientes vivimos juntos bajo el mismo techo, pero somos poco más que unos extraños a pesar de la buena voluntad y los buenos sentimientos que tan a menudo se dan por ambas partes; mejor dicho, extraños es una palabra suave, aunque seamos de la misma sangre y nos rijamos por las mismas leyes, vivimos juntos como personas de tribus diferentes. Ahora piensen cómo afecta esto al llevar a cabo el trabajo diario en un hogar y si nuestras vidas pueden simplificarse mientras perdure tal sistema. Para no extenderme demasiado, quienes sean amas de casa saben perfectamente (como yo lo sé, pues he aprendido el útil arte de cocinar una cena) cómo se simplificaría el trabajo diario si las comidas principales se hicieran en común, si no tuviera que haber comidas dobles, una arriba y otra abajo. Y de nuevo, seguramente quienes pertenecemos al siglo de la educación no podemos ignorar qué educación supondría para los miembros menos refinados de una casa reunirse de forma relajada con los más refinados una vez al día por lo menos, fijarse en los elegantes modales de las señoras de buena educación, participar en una conversación con caballeros cultos que han viajado, con hombres de acción y de imaginación: créanme que esto sería mejor que la educación primaria.

         Además, esta cuestión está muy próxima a nuestro tema del arte, pues observen, como muestra de la estupidez de nuestra civilización falsa, que a nuestras acomodadas casas se las obliga a ser absurdas madrigueras de conejos en vez de estar planificadas según el antiguo modelo racional que se usó desde la época de Homero hasta pasada la época de Chaucer: un salón grande, a saber, con unas habitaciones [p. 129] anexas en las que dormir o aislarnos de mal humor. No es raro que nuestras casas sean estrechas e innobles cuando las vidas que en ellas se viven también son estrechas e innobles.

         Bien, ¿y por qué quienes hemos pensado en esto, como estoy seguro muchos hemos hecho, no cambiamos esta costumbre vil y mezquina, simplificando así nuestras vidas y educando a nuestros amigos, a cuyo esfuerzo tantas comodidades debemos? ¿Por qué ustedes--y yo--no nos ponemos mañana a hacer esto?

         Porque no podemos, porque nuestros sirvientes no lo aceptarían sabiendo, como nosotros sabemos, que ambas partes serían más desgraciadas de esa manera.

         ¡La civilización del siglo XIX nos prohíbe compartir el refinamiento de una casa entre sus miembros!

         Así que ya ven ustedes, si la gente de clase media pertenecemos a un pueblo poderoso, y en verdad es así, no estamos sino interpretan-do un papel que ha sido interpretado en muchos relatos de la historia del mundo: somos grandes mas desventurados, somos gente digna e importante que se muere de aburrimiento, hemos comprado nuestro poder y el precio ha sido nuestra libertad y nuestro placer.

         Esto es lo que digo en respuesta a la pregunta ¿podemos alejar de nosotros el lujo y vivir unas vidas simples y decentes? Sí, cuando estemos libres de la esclavitud del comercio capitalista, mas no antes.

         Seguramente hay entre ustedes quienes ansían ser libres, quienes han sido educados y refinados y han hecho que su percepción de la belleza y el orden se aviven sólo para poder sentirse conmovidos y heridos a cada instante por las brutalidades del comercio competitivo, a quienes este ha acosado y perseguido tanto que--aunque ustedes sean pudientes, puede incluso que ricos--no tienen ahora nada que perder con la revolución social. El amor al arte, es decir, al verdadero placer de vivir, les ha llevado a esto: a tener que unir su suerte a la del esclavo asalariado del comercio competitivo; ustedes y él deben ayudarse mutuamente y tener una esperanza común o de lo contrario vivirán y morirán sin ayuda ni esperanza. Ustedes que ansían ser liberados de la opresión de los desenterradores de dinero, ¡ansíen que llegue el día en que se les obligue a ser libres!

         Mientras tanto, si por lo demás esa opresión apenas ha dejado trabajo alguno que merezca la pena hacer, al menos nos queda una cosa [p. 130] por la que luchar: elevar el nivel de vida donde esté peor o donde esté mal, ello será la piedra en el zapato del comercio competitivo.

         Y tampoco puedo yo concebir nada que tenga más probabilidades de elevar el nivel de vida que convencer a miles de quienes viven gracias a su esfuerzo de la necesidad de que apoyen la segunda parte de la reivindicación que he planteado a favor del trabajo, esto: que su trabajo debiera resultar agradable de hacer en sí mismo. Si tan sólo pudiésemos convencerles de que una revolución laboral tan extraña como esta les reportaría infinitos beneficios no sólo a ellos, sino a todos los hombres, y de que resulta tan justa y natural que el caso contrario--que a la mayoría de los hombres el trabajo les resulte gravoso--es una mera monstruosidad de estos últimos tiempos que a la larga ha de acarrear la ruina y la confusión de la sociedad que lo permita. Si tan sólo pudiésemos convencerles, entonces sí que habría una oportunidad de que el sintagma arte del pueblo sea algo más que un mero sintagma.

         Efectivamente, a primera vista parecería imposible lograr que hombres nacidos en el actual sistema de comercio comprendan que el trabajo puede ser una bendición para ellos, no en el sentido en que a veces les predican esa oración aquellos cuyo trabajo es liviano y fácil de evitar, no como una tarea necesaria que la naturaleza le ha impuesto a los pobres en beneficio de los ricos, no como un opio que embote su sentido de lo que es correcto e incorrecto para que se que-den sentados tranquilamente con sus cargas hasta el fin de los tiempos, bendiciendo al hacendado y a su familia. Todo esto podrían entender dichos hombres que se lo dijéramos con bastante facilidad y a veces lo oirían con una muestra de complacencia al menos, me temo, si creyeran que de esa manera podían sacar algo de nosotros. Mas la verdadera doctrina de que el trabajo en sí mismo debiera resultar una bendición real y tangible para el trabajador, un placer incluso como lo son ahora el sueño o las bebidas fuertes, dicha doctrina le resultaría muy difícil de entender al ser tan diferente de todo lo que él ha visto que es el trabajo.

         No obstante, pese a que la mayoría del trabajo del hombre sólo se soporta como un mal necesario como la enfermedad, mi experiencia en este sentido es que, ya sea debido a una cierta sacralidad que se adhiere al trabajo manual hasta en las peores circunstancias, o ya sea [p. 131] debido a que por necesidad ha de ocuparse de cosas que resultan terriblemente reales, si es que llega a plantearse esas cuestiones, el hombre pobre piensa de forma menos convencional que el rico. Dejando a un lado cualquier palabra trivial mía, me ha sorprendido encontrar, por ejemplo, un sentimiento tan cordial por John Ruskin en públicos de clase trabajadora; ellos consiguen ver en él al profeta en vez de al retórico fantástico, como le ocurre a públicos más refinados.

         Esto es un buen augurio, creo, de la educación de los tiempos venideros. Mas los que de algún modo estamos tan marcados por el cinismo debido a nuestra impotencia en el mundo vulgar que nos rodea y oprime, ¿acaso no podemos elevar de alguna manera nuestras esperanzas, al menos hasta el extremo de pensar que la esperanza que brilla en los millones de esclavos del comercio es algo mejor que una mera ilusión, el falso amanecer de una medianoche nublada contra la que sólo lucha la luna? Recordemos que aún quedan monumentos en el mundo que nos enseñan que todo el trabajo humano no siempre supuso una aflicción y una carga para los hombres. Pensemos en la arquitectura hermosa y poderosa, por ejemplo, de la Europa medieval, en las construcciones erigidas antes de que el comercio hubiera puesto la piedra de albardilla en el edificio de la tiranía al descubrir que la fantasía, la imaginación, el sentimiento, el puro gozo de la creación y la esperanza de una fama justa son artículos de valor comercial demasiado preciados como para dejárselos a hombres que no poseen dinero para comprarlos, a meros artesanos y jornaleros. Recordemos que hubo un tiempo en que los hombres sentían placer en su trabajo diario mas, a pesar de todo, en otras cuestiones ansiaban la luz y la libertad tanto como ahora. Su tenue esperanza se volvió más brillante y veían que parecía que su cumplimiento se acercaba cada vez más y la contemplaban tan ansiosamente que no se dieron cuenta de cómo el enemigo que siempre está al acecho, la opresión, había mudado de forma y les estaba robando lo que ya habían conseguido en los días en que la luz de su nueva esperanza no era más que un débil destello. De esta forma, perdieron su vieja ganancia y, al perderla, la nueva ganancia se la cambiaron y estropea-ron, convirtiéndola en algo no mucho mejor que una pérdida.

         Entre la época en que ahora vivimos y el final de la Edad Media, Europa ha conseguido libertad de pensamiento, mayor conocimiento y un enorme talento para ocuparse de las fuerzas materiales de la [p. 132] naturaleza, además de una relativa libertad política y respeto por las vidas de los hombres civilizados y otros avances parejos. No obstante, afirmo de forma deliberada que si el actual estado de la sociedad va a perdurar, ha pagado por estos avances un precio demasiado eleva-do con la pérdida del placer en el trabajo diario que una vez sí que en verdad consoló los miedos y las opresiones de muchos hombres. La muerte del arte fue un precio demasiado elevado que pagar a cambio de la prosperidad material de la clase media.

         Ciertamente resultó doloroso que no pudiésemos tener ambas manos llenas, que nos viésemos forzados a derramar algo de una mientras recogíamos algo con la otra; con todo, en mi opinión más doloroso aún resulta no ser conscientes de la pérdida o, siendo vaga-mente conscientes de ella, tener que forzarnos nosotros mismos a olvidarla y a gritar en voz alta que todo va bien.

         Pues, aunque no todo vaya bien, yo sé que la naturaleza del hombre no ha cambiado tanto en tres siglos como para que podamos decirle a todos los miles de años que les precedieron: ustedes se equivocaron al apreciar el arte y ahora nosotros hemos descubierto que todo lo que los hombres necesitan es comida, vestimenta y cobijo, además de unas nociones básicas sobre la forma material del universo. La creación ya no es una necesidad del alma del hombre, cuya mano derecha puede que olvide su astucia sin que él empeore nada por ello.

         Trescientos años (un día en el transcurrir de las épocas) no han cambiado la naturaleza del hombre del todo, estén seguros de ello; algún día recuperaremos el arte, es decir, el placer de vivir, recuperaremos de nuevo el arte para nuestro trabajo diario. ¿Dónde está entonces la esperanza? quizás digan ustedes, ¡muéstrenosla!

         La esperanza se halla ahí donde la de antaño nos defraudó. Renunciamos al arte por lo que creíamos que era luz y libertad, mas no fue luz y libertad lo que compramos ni mucho menos: la luz le mostró muchas cosas a los de clase acomodada que se tomaron la molestia de buscarlas, la libertad dejó a los acomodados bastante margen si se tomaban la molestia de usar su libertad, pero, en el mejor de los casos, eran pocos. A la mayoría de los hombres la luz les mostró que no necesitaban seguir buscando una esperanza y la libertad dejó libres a la mayoría de los hombres--para aceptar el trabajo [p. 133] de esclavos que más próximo estuviera a cambio de un sueldo miserable o para morirse de hambre.

         Ahí radica nuestra esperanza, aseguro. Si el negocio hubiera sido del todo justo, totalmente completo, entonces lo único que se podía hacer no era más que enterrar el arte y olvidar la belleza de la vida, mas ahora la causa del arte tiene algo más a lo que apelar: nada menos que la esperanza de la gente en una vida feliz que aún no les ha sido concedida. Ahí radica nuestra esperanza, la causa del arte es la causa del pueblo.

         ¡Piensen en un instante de la historia y tengan luego esperanza! Una época hubo en que el dominio de Roma controlaba todo el mundo civilizado con su abrazo venenoso. Según todos los hombres--hasta los mejores, como pueden ustedes ver en los propios evangelios--aquel dominio parecía condenado a durar para siempre y según quienes moraban en él no había más allá otro mundo que mereciera la pena. Pero los días pasaron y, aunque nadie percibió la sombra del cambio venidero, llegó de todos modos (cual ladrón por la noche) y los bárbaros, el mundo que existía fuera del dominio de Roma, se apoderaron de ella y los hombres, ciegos de terror, lamentaron el cambio y consideraron que el mundo había sido desarbolado por la furia del norte. Pero incluso esa furia trajo consigo cosas que hacía mucho no se veían en Roma y que una vez habían constituido el sustento del que se alimentaba su gloria: el odio a la mentira, el desdén de las riquezas, el desprecio a la muerte, la fe en la fama justa conseguida mediante la resistencia tenaz, el amor honrado a las mujeres; todas estas cosas las trajo consigo la furia del norte igual que el torrente de la montaña trae oro y así Roma cayó y Europa ascendió y la esperanza del mundo volvió a nacer.

         Para quienes tengan un corazón comprensivo este relato del pasa-do es una parábola de los días venideros, del cambio que nos aguar-da oculto en el seno del barbarismo de la civilización: el proletariado. Y a nosotros los de clase media--la del potente pero monstruoso sis-tema del comercio competitivo--nos corresponde limpiar nuestras almas de avaricia y cobardía, enfrentarnos al cambio que ahora una vez más está de camino y percibir el bien y la esperanza que trae con-sigo en medio de todas sus amenazas de violencia y toda su fealdad, que no surgió de sí misma, sino de lo que está condenado a destruir.

         [p. 134] Ahora bien, una vez más afirmaré que las clases acomodadas, quienes amamos el arte no como un juguete sino como algo necesario en la vida del hombre, como una muestra de su felicidad y libertad, la mejor misión que tenemos es elevar el nivel de vida del pueblo o, en otras palabras, lograr la reivindicación del trabajo que he planteado y que ahora presento de distinta forma para que intentemos percibir qué es lo que mayormente nos impide hacer realidad esa reivindicación y cuáles son los enemigos a combatir. De este modo planteo de nuevo mi reivindicación:

         El trabajo humano no debería hacer nada que no merezca la pena hacerse o que deba hacerse con un trabajo que degrade a quienes lo hacen.

         Simple como esta proposición resulta, y lógicamente acertada como estoy seguro les debe parecer a ustedes, descubrirán cuando se pongan a considerar el asunto que supone un desafío directo que propugna la muerte del actual sistema de trabajo de los países civilizados. Este sistema, al que yo he denominado comercio competitivo, es claramente un sistema de guerra, esto es, de derroche y destrucción, o si quieren pueden ustedes llamarlo un juego cuya esencia consiste en que lo que un hombre gana lo gana a expensas de lo que otro hombre pierde. Tal sistema ni presta ni puede prestar atención a si las cosas que hace merecen la pena, ni presta ni puede prestar atención a si su trabajo degrada a quienes las hacen; sólo presta atención a nada más que una sola cosa, a saber, lo que denomina obtener beneficios, una palabra que ha llegado a usarse de forma tan convencional que debo explicarles lo que en realidad significa, esto es, ¡que los ricos saqueen a los débiles! Pues a este sistema aseguro que le es inherente destruir la naturaleza, es decir, la felicidad de vivir. Cualquier consideración que se muestre por la vida de la gente en esta época, cualquier cosa que se haga que merezca la pena hacerse, se hace a pesar del sistema y en contra de sus máximas y muy cierto es que nos-otros, todos nosotros, al menos tácitamente, admitimos que se opone a todas las mayores aspiraciones de la humanidad.

         ¿Acaso no sabemos, por ejemplo, cómo trabajan esos hombres de ingenio que son la sal de la tierra, sin los cuales la corrupción de la sociedad hace ya tiempo que se habría vuelto insoportable? El poeta, el artista o el hombre de ciencia, ¿no es cierto que en sus días iniciales y [p. 135] gloriosos, cuando están en el apogeo de su fe y entusiasmo, se ven frustrados a cada paso por la guerra comercial y su desdeñoso interrogan-te: «dará dinero»? ¿No es cierto que cuando empiezan a conseguir un éxito mundano, cuando se vuelven comparativamente ricos, nos parece a pesar nuestra que les ha viciado el contacto con el mundo comercial?

         ¿Necesito acaso referirme a los grandes proyectos que permanecen en el olvido, a las cosas que resulta tan necesario hacer--y así lo reconocen todos los hombres--que nadie puede realmente llevarlas a cabo por falta de dinero? Mientras si se trata de crear o estimular algún capricho absurdo en la mente del público cuya realización generará beneficios, entonces sí que habrá dinero a espuertas. Más aún, ustedes saben cuán vieja es la historia de las guerras que el comercio origina en su busca de nuevos mercados y a las que ni siquiera los estadistas más pacíficos se pueden resistir; una vieja historia que todavía parece siempre nueva y que ahora se ha convertido en una especie de broma macabra de la que preferiría no reírme si pudiera evitarlo, mas mi alma cargada de cólera me obliga a reírme.

         ¿Y todo ese dominio sobre los poderes de la naturaleza que los cien últimos años o menos nos han otorgado, qué ha hecho por nos-otros en este sistema? En opinión de John Stuart Mill,» era dudoso que todos los inventos mecánicos de la era moderna hayan hecho nada para aliviar el esfuerzo del trabajo; estén seguros de que no existe duda alguna que no fueron hechos para ese fin, sino para «obtener beneficios». Esas máquinas casi milagrosas, de haber sido hechas con una previsión ordenada, podrían estar ahora incluso eliminando con rapidez todo el trabajo molesto y falto de inteligencia, dejándonos libres para elevar el nivel de destreza manual y de energía mental de nuestros trabajadores y para producir de nuevo esa delicia y ese orden que sólo la mano del hombre guiada por su alma puede producir, ¿qué es lo que han hecho ahora por nosotros? El mundo civilizado se enorgullece tanto de esas máquinas, ¿acaso tiene derecho alguno a enorgullecerse del uso que la guerra y el derroche comercial han hecho de ellas?

         [p. 136] No creo que haya aquí razón para el júbilo: la guerra comercial ha obtenido beneficios de estas maravillas, es decir, gracias a ellas ha generado para sí millones de trabajadores infelices (máquinas sin inteligencia en lo que a su trabajo diario respecta) para conseguir mano de obra barata, para continuar para siempre con su juego apasionante aunque mortal. En efecto, esa mano de obra habría resulta-do bastante barata--barata para los generales de la guerra comercial y mortalmente cara para los demás--de no haber sido por las semillas de libertad que hombres valientes de antaño sembraron entre nos-otros y que están brotando en nuestra propia época en el cartismo,2 el sindicalismo y el socialismo para defender el orden y una vida decente. Terrible habría sido nuestra esclavitud--y no sólo la de la clase trabajadora--de no haber sido por estos gérmenes del cambio que ha de acontecer.

         Incluso siendo como es, merced a la aglomeración insensata de operarios de máquinas y de sus ayudantes en las grandes ciudades y los distritos fabriles, la guerra comercial ha mantenido el entorno de nuestras vidas en un nivel bajo y lo mantiene en un nivel miserable-mente bajo, tan bajo que hasta cuesta pensar en posibilidad alguna de mejora. Por medio de las veloces comunicaciones que ha creado y que deberían haber elevado el nivel de vida, divulgando inteligencia desde la ciudad al campo y creando por doquier modestos centros de libertad de pensamiento y de hábitos de cultura, por medio del ferro-carril y similares, la guerra comercial ha reunido nuevos reclutas para el ejército de reservistas formado por muertos de hambre de los que tanto dependen sus ganancias especuladoras, despojando al campo de población y eliminando toda esperanza y vida razonable en las ciudades más pequeñas.

         Tampoco puedo yo, un artista, dejar de pensar en los efectos externos que presagia este dominio de la anarquía miserable de la guerra comercial. Piensen en la creciente úlcera de Londres tragándose de forma repugnante el campo, el bosque y el brezal sin piedad y sin esperanza, burlándose de nuestros débiles esfuerzos por ocuparnos hasta [p. 137] de males menores suyos como un cielo cargado de humo y un río contaminado; el horror negro y la excesiva suciedad de nuestros distritos fabriles, tan horrendos para los sentidos que están tan poco acostumbrados a ellos que resulta ominoso para el futuro de la raza que un hombre pueda vivir allí con una mínima alegría. Más aún, en el propio campo abierto el apartar las chapuzas miserables de ladrillo y pizarra de las sólidas viviendas de color gris que todavía quedan esparcidas, emblemas adecuados con su sencillez desenfadada pero hermosa del campesino del prado inglés, cuya destrucción a manos de la entonces aún joven guerra comercial lamentaron de forma tan conmovedora el magnánimo Moró y el esforzado Latimer. Por todas partes, en resumen, el cambio de lo viejo a lo nuevo conlleva una certeza, aunque se dude de todo lo demás: el empeoramiento del aspecto del país.

         Esta es la condición de Inglaterra: de Inglaterra el país del orden, la paz y la estabilidad, la tierra del sentido común y el sentido práctico, el país al que miran los ojos de todos cuya esperanza es que el progreso moderno continúe y se perfeccione. Hay países en Europa cuyo aspecto no es tan ruinoso externamente, aunque puedan tener menos prosperidad material, una riqueza de la clase media menos extendida para compensar la miseria y la ignominia que he mencionado: pero si son miembros del gran conjunto comercial, por el mismo aro han de pasar, a menos que ocurra algo que desvíe la mar-cha triunfal de la guerra comercial antes de que llegue a su fin.

         Esto es lo que tres siglos de comercio han logrado: la esperanza que surgió cuando el feudalismo empezó a hacerse añicos. ¿Qué puede proporcionarnos el amanecer de una nueva esperanza? ¿Qué salvo una revuelta general contra la tiranía de la guerra comercial? Los paliativos de los que mucha gente digna se ocupa resultan ahora inútiles porque no son más que revueltas parciales mal organizadas contra una organización vasta, codiciosa y extendida que--con el instinto inconsciente de una planta--hará frente a todo intento por mejorar la condición del pueblo con un ataque en un flanco nuevo, máquinas nuevas, mercados nuevos, emigración a gran escala, el renacer de supersticiones serviles, sermones sobre la frugalidad para los muertos de hambre, sobre la templanza para los desgraciados. Cosas tales como estas impedirán a cada paso todas las revueltas parciales contra el monstruo que los de clase media hemos creado para nuestra propia perdición.

         [p. 138] Hablaré muy claramente de este asunto, aunque al final tenga que decir una palabra incómoda si he de decir lo que pienso. Lo que hay que hacer es lograr que la gente de aquí y de allí piense que es posible elevar el nivel de vida. Si ustedes piensan en ello, verán con claridad que esto implica fomentar el descontento general.

         Y ahora para ilustrar esto, retomo mi reivindicación conjunta sobre el arte y el trabajo para poder ocuparme de su tercera cláusula; aquí está de nuevo la reivindicación:

         Es justo y necesario que todos los hombres tengan trabajo que hacer.
         Primero: Trabajo que merezca la pena hacer.
         Segundo: Trabajo que de por sí resulte agradable de hacer.
         Tercero: Trabajo hecho en unas condiciones tales que no resulte ni agotador en exceso ni angustioso en exceso.

         De la primera y la segunda cláusulas, que están muy relacionadas entre sí, ya he intentado ocuparme; son--como si dijéramos--el alma de la reivindicación de un trabajo apropiado. La tercera cláusula es el cuerpo sin el cual ese alma no puede existir. La ampliaré de una manera que de hecho nos llevará en parte a cuestiones que ya hemos abordado:

         Nadie que esté dispuesto a trabajar debería nunca temer la falta de un empleo tal que le proporcionara todas las necesidades que precisen el cuerpo y el alma.

         Todas las necesidades precisas, ¿cuáles son las necesidades precisas de un buen ciudadano?

         Primero, trabajo honroso y digno, lo cual implicaría darle la oportunidad de adquirir capacidad para su trabajo mediante la educación adecuada; también, dado que el trabajo debe ser digno de hacer y resultar agradable, se creerá necesario a este fin que su posición le esté tan asegurada que no se vea obligado a hacer trabajo inútil o trabajo que no resulte de su agrado.

         La segunda necesidad oportuna es un entorno decente que incluya a) buen alojamiento, b) espacios amplios, c) orden y belleza generalizados. Es decir a) nuestras casas deben ser buenas construcciones, limpias y saludables; b) debe haber abundantes espacios verdes en nuestras ciudades y nuestras ciudades no deben devorar ni los prados ni los rasgos naturales del campo. Más aún, pido incluso que se dejen [p. 139] lugares vacíos y bosques o la poesía y lo romántico--es decir, el arte-morirán entre nosotros; c) orden y belleza no sólo significan que nuestras casas deban ser construidas de forma sólida y adecuada, sino también que se las adorne debidamente, que los prados no queden sólo para cultivo, sino también que no se los estropee más de lo que se estropea un jardín; por ejemplo, que no se permita a nadie talar--sólo por mero beneficio--árboles cuya pérdida estropearía un paisaje, ni bajo ningún pretexto se permita a la gente oscurecer con humo la luz del día, ensuciar ríos o degradar cualquier rincón de la tierra con basura asquerosa o con un desorden brutal y derrochador.

         La tercera necesidad es tiempo libre. Comprenderán ustedes que al usar esa palabra doy a entender primero que todos los hombres deben trabajar parte del día y, segundo, que tienen un derecho fundado a exigir descanso de ese trabajo; el tiempo libre que tienen derecho a pedir debe ser lo bastante amplio como para que les per-mita un descanso completo del cuerpo y la mente; un hombre ha de tener tiempo para el pensamiento individual profundo, para la imaginación--para soñar incluso--o la raza humana inevitablemente irá a peor. Incluso de ese trabajo honrado y adecuado del que he estado hablando, que es un paraíso en sí mismo aislado del trabajo forzoso del sistema capitalista, no se le debe exigir a un hombre más de lo que por justicia le corresponde o los hombres se desarrollarán de forma desigual y seguirá habiendo podredumbre en la sociedad.

         Aquí, por tanto, les he expuesto las condiciones en las que se puede hacer un trabajo que merezca la pena hacer y que no resulte degradante. En otras condiciones no se puede hacer. Si el trabajo en general del mundo no merece la pena y resulta degradante, entonces es una burla hablar de civilización.

         Bien, ¿se pueden lograr entonces estas condiciones al amparo del
         evangelio actual del capital, cuyo lema es «sálvese quien pueda»? Veamos de nuevo nuestra reivindicación con otras palabras:

         En un estado social debidamente ordenado a todo hombre que esté dispuesto a trabajar se le deben garantizar:

         Primero: Trabajo honrado y adecuado.
         Segundo: Una casa hermosa y saludable.
         Tercero: Tiempo libre completo para el descanso del cuerpo y de la mente.

         [p. 140] Ahora bien, supongo que nadie aquí negará que sería deseable que esta reivindicación se cumpliera, mas quiero que todos piensen que resulta necesario cumplirla, que a menos que hagamos todo lo posible por cumplirla, no somos sino arte y parte de una sociedad fundada en el robo y la injusticia, condenada por las leyes del universo a destruir sus propios esfuerzos por existir para siempre. Además, quiero que piensen que, mientras por un lado es posible cumplir esta reivindicación, por otro es imposible cumplirla al amparo del actual sistema plutocrático, que incluso nos prohibirá cualquier intento serio de cumplirla; los comienzos de la revolución social deben ser los cimientos de la re-construcción del arte del pueblo, es decir, del placer de vivir.

         De nuevo hay que decir palabras incómodas. ¿Acaso no sabemos que la mayor parte de los hombres en las sociedades civilizadas son sucios, ignorantes, brutales o, como mucho, que están ansiosos por el sustento de la semana siguiente, que en resumen son pobres? Y, cuan-do pensamos en ello, sabemos que es injusto.

         Vieja es la historia de los hombres que se han vuelto ricos por medios deshonestos y tiránicos, que por miedo al futuro gastan las ganancias que han logrado de forma ilícita generosamente y en obras de caridad, como se las llama y a dichas personas no se las ensalza; en las viejas historias se cree que el diablo los atrapa a la postre. Una vieja historia, mas yo digo «de te fabula», ¡a usted se refiere la historia, usted es el hombre!

         Afirmo que los de clase rica y acomodada hacemos lo mismo a diario: de forma inconsciente o quizás semi-inconsciente acumulamos riqueza comerciando con las duras necesidades de nuestros semejan-tes y luego les damos una migajas a quienes más nos gritan de una u otra forma. Nuestras leyes sobre la pobreza, nuestros hospitales, nuestras sociedades benéficas--estén o no organizados, no son más que barricas que se le arrojan a la ballena, un chantaje que se le paga a una justicia renqueante para que no venga cojeando detrás nuestra demasiado rápido.

         ¿Cuando llegará el momento en que los hombres honestos y clarividentes se hastíen de todo este caos de despilfarro, de este robarle a Pedro para pagarle a Pablo que constituye la esencia de la guerra comercial? ¿Cuándo nos uniremos todos para sustituir este sistema [p. 141] cuyo lema es «sálvese quien pueda» por uno cuyo lema realmente y sin reservas sea «todos para uno y uno para todos»?

         ¿Quién sabe si ese momento puede que esté próximo, si quienes ahora vivimos quizás presenciemos el comienzo de ese final que extinguirá el lujo y la pobreza, cuando la clase alta, la media y la baja se fundan en una sola viviendo alegre una vida sencilla y feliz?

         Muy larga resulta esa frase para describir el estado de cosas que les estoy pidiendo me ayuden a conseguir: la abolición de la esclavitud es más breve y significa lo mismo. Puede que por un lado ustedes sientan la tentación de creer que no merece la pena esforzarse por este fin o por otro que supongan (cada uno de ustedes) que está tan lejano que, en verdad, .no se puede hacer nada a ese respecto en nuestra propia época y que, por consiguiente, ustedes pueden sentarse tranquila-mente sin hacer nada. Permítanme recordarles cómo hace muy poco, cuando los aquí presentes éramos jóvenes, muchos miles de hombres de nuestras propias familias dieron su vida en el campo de batalla para poner un broche de oro a un mero episodio en la lucha por abolir la esclavitud: ellos son felices y benditos, pues les llegó una oportunidad y supieron aprovecharla al máximo y el mundo ha mejorado gracias a ello. ¿Si se nos ofrece dicha oportunidad, vamos a apartarla de nuestro lado para poder seguir sentados en paz con nuestro cuerpo, pero dubitativos y con el alma enferma? Son estos días para combatir: ¿quién puede ponerlo en duda mientras a su alrededor escucha los sonidos que presagian el descontento y la esperanza por todos lados, los sonidos del despertar del valor y de la conciencia? Estos, afirmo, son días para combatir, cuando no hay paz externa posible para un hombre honrado, cuando--por esa misma razón--resulta más fácil con-seguir la paz interna de una buena conciencia que se basa en convicciones firmes, dado que se nos incita a actuar por la causa.

         ¿O acaso dirán ustedes que aquí, en este país tranquilo y gobernado por una constitución como Inglaterra, no se nos incita a actuar? Si estuviéramos en la amordazada Alemania, en la amordazada Austria, en Rusia, donde una o dos palabras pueden enviarnos a Siberia o a la prisión o fortaleza de Pedro y Pablo--entonces claro que no se nos incitaría.

         ¡Ah, amigos míos, en verdad resulta una pobre ofrenda que ofrecer en las tumbas de los mártires de la libertad esta negativa a recibir la antorcha de sus agonizantes manos! ¿No es de Goethe de quien se [p. 142] dice que al oír que alguien se iba a América a empezar su vida de nuevo le contestó: «América está aquí o no está en ninguna parte»? Así que por mi parte yo digo: «Rusia está aquí o no está en ninguna parte».

         Decir que las clases gobernantes de Inglaterra no están asustadas de la libertad de expresión, por tanto abstengámonos de expresarnos con libertad, me resulta una extraña paradoja. Por el contrario, abrámonos paso a través de la brecha que hombres valientes nos han abierto; si nos quedamos rezagados hacemos que su esfuerzo, su sufrimiento y su muerte carezcan de todo sentido.

         Créanme que se nos mostrará que esto es todo o nada, ¿o alguien aquí me va a decir que la situación de un mujik [campesino rural] es peor que la de un sastre sudoroso esclavo de su salario? No nos engañemos, la clase de las víctimas existe aquí tanto como en Rusia. ¿Acaso hay menos? Puede ser, mas entonces están más desvalidos y por tanto tienen mayor necesidad de nuestra ayuda.

         ¿Y cómo podemos los de clase media, nosotros los capitalistas y nuestros parásitos, ayudarles? Renunciando a nuestra clase y siempre que surja el antagonismo de clases ponernos del lado de las víctimas, de quienes en el mejor de los casos están condenados a carecer de educación, refinamiento, placer y renombre y, en el peor, a una vida inferior a la del más brutal de los salvajes para que perdure el sistema del comercio competitivo.

         No existe hoy otro camino y este camino (se lo digo claramente) nos proporcionará a la larga muchas ocasiones para sacrificarnos sin tener que ir a Rusia. Estoy seguro de que en esta concurrencia hay quienes se hallan harto descontentos con la miserable anarquía del siglo del comercio; a ellos les ofrezco un medio de renunciar a su clase apoyando la propaganda socialista al afiliarse a la Democratic Federation, que tengo el honor de representar ante ustedes y que estimo es el único organismo en este país que propone el socialismo constructivo como programa.

         [p. 143] Esta es, en mi opinión, una buena oportunidad para quienes estamos descontentos con el actual estado de las cosas y ansiamos una oportunidad para renunciar a él, y es muy cierto que, al aceptar la oportunidad, ustedes tendrán que sufrir de inmediato algunos de los inconvenientes del martirio, aunque sin alcanzar de momento su dignidad. Como mínimo, se reirán y burlarán de ustedes aquellos cuya burla es una insignia de honor para un hombre honrado, pero los mirarán con frialdad (no lo pongo en duda) muchas personas excelentes, de las cuales no todas serán completamente estúpidas. Correrán ustedes el riesgo de perder posición, reputación, dinero, amigos incluso; pérdidas que ciertamente son molestias diminutas comparadas con el grave martirio del que he hablado, pero que de todas formas ponen a prueba de qué está hecho un hombre, mucho más cuando puede escapar de ellas con poco más que algún reproche de cobardía que su propia conciencia le grite.

         Tampoco puedo yo asegurarles que vayan a escapar siempre ilesos de los ataques de la tiranía manifiesta. Cierto es que en la actualidad la sociedad capitalista de Inglaterra sólo mira al socialismo con sonrisas irónicas. Mas recuerden que el grupo de personas que, por ejemplo, ha asolado la India, matado de hambre y amordazado a Irlanda y torturado a Egipto posee aptitudes--de las que últimamente ha dado muestras ominosas--para imitar sin pudor a tiranos más próximos.

         Así que en todo caso les puedo ofrecer una postura que implica sacrificio, una postura que les proporcionará a ustedes su «América en casa y les hará tener la seguridad interna de que, al menos, resultan de alguna utilidad para la causa. ¡Y de corazón les ruego a quienes estén convencidos de la justicia de nuestra causa que no se queden rezagados al participar activamente en una lucha que--sean quienes fueren los que nos ayuden o los que se abstengan de ayudar-debe, sin duda alguna, culminar al fin en la victoria!

[Esta traducción es reimpresa por el permiso de la prensa Doble J y el autor Juan Ignacio Guijarro Gonzalez.]